Posted by : Unknown jueves, 20 de agosto de 2015

-Claro, el capitulo uno dice "El niño que vivió "-

El silencio era tal que solo se escucho tres jadeos en la sala.

-Chicos, fue un gusto conocerlos.

-Lo mismo digo compañero.
El señor y la señora Dursley, que vivían en el número 4 de Privet Drive, estaban orgullosos de decir que eran muy normales,

Con solo escuhar esa frase Harry supo que si era narrado por el pero no entendia porque empezar con ellos la historia.

afortunadamente. Eran las últimas personas que se esperaría encontrar relacionadas con algo extraño o misterioso, porque no estaban para tales tonterías. 
El señor Dursley era el director de una empresa llamada Grunnings, que fabricaba taladros.
-¿Que es un taladro?- la pregunta resonó por todo el gran comedor, y todo los hijos de magos (los sangre pura) tenían en sus rostros una expresión que indicaba confusión.
-Es una herramienta qué los muggles utilizan para hacer hoyos grandes- respondió casi de inmediato Harry antes de que su mejor amiga se la pasara dando una larga explicacion sobre los taladros.
Era un hombre corpulento y rollizo, casi sin cuello, aunque con un bigote inmenso.
- ¿Harry, acaso quieres que tenga pesadillas?- pregunto Ginny divertida.
-No. Claro que no- respondió casi de inmediato el azabache cuando su amiga le pregunto.
-Calma Harry, solo era una broma- le tranquilizo ella a un ruborizado ojiverde.
La señora Dursley era delgada, rubia y tenía un cuello casi el doble de largo de lo habitual, lo que le resultaba muy útil, ya que pasaba la mayor parte del tiempo estirándolo por encima de la valla de los jardines para espiar a sus vecinos. Los Dursley tenían un hijo pequeño llamado Dudley, y para ellos no había un niño mejor que él. 
-Mi sobrino/ ahijado es mil veces mejor que ese Dudley- exclamaron Sirius y Remus indignados mirando hacía el libro como si este tuviera la culpa.

Los demas alumnos de Hogwarts que eran ajenos del trato del profugo y el antiguo profesor hacia el famoso azabache veian esto con confusion.
Los Dursley tenían todo lo que querían, pero también tenían un secreto, y su mayor temor era que lo descubriesen: no habrían soportado que se supiera lo de los Potter. 
Solo aquellos que no conocían a los tíos de Harry tenían una cara de confusión, pues ellos creían que el azabache era aceptado en su familia.
La señora Potter era hermana de la señora Dursley, pero no se veían desde hacía años; tanto era así que la señora Dursley fingía que no tenía hermana,

Snape veia con rencor hacia un punto fijo en la mesa y recordaba como su mejor amiga pelirroja lloraba el primer dia de clases. Incluso uno de los dias mas felices de su vida arruinados por una persona egoista.

porque su hermana y su marido, un completo inútil, eran lo más opuesto a los Dursley que se pudiera imaginar. Los Dursley se estremecían al pensar qué dirían los vecinos si los Potter apareciesen por la acera. 

Harry se imaginaba como seria su vida si no huviera terminado con los Dursley y si sus padres estuvieran vivos.

Sabían que los Potter también tenían un hijo pequeño, pero nunca lo habían visto. El niño era otra buena razón para mantener alejados a los Potter: no querían que Dudley se juntara con un niño como aquél. 
-Ni nosotros que te juntaras con esa gente- dijo George divertido, un intento bien recibido de aligerar la creciente tensión.
Nuestra historia comienza cuando el señor y la señora Dursley se despertaron un martes, con un cielo cubierto de nubes grises que amenazaban tormenta. Pero nada había en aquel nublado cielo que sugiriera los acontecimientos extraños y misteriosos que poco después tendrían lugar en toda la región. 

-Remus, no creerás que sea aquella noche- eso no era una pregunta era una afirmación. Afirmación que después de tanto tiempo lograra que Sirius se deprimiera en niveles altamente preocupantes. 
Remus no contesto el estaba igual de afectado que su viejo amigo.

El señor Dursley canturreaba mientras se ponía su corbata más sosa para ir al trabajo, y la señora Dursley parloteaba alegremente mientras instalaba al ruidoso Dudley en la silla alta. 
-¿Que clase de padres le pondrian un nombre tan horrible a su hijo?- pregunto un Slytherin de primer año.

-Ellos- le respondio de manera obvia una niña de Ravenclaw del mismo grado.
Ninguno vio la gran lechuza parda que pasaba volando por la ventana. 
A las ocho y media, el señor Dursley cogió su maletín, besó a la señora Dursley en la mejilla y trató de despedirse de Dudley con un beso, aunque no pudo, ya que el niño tenía un berrinche y estaba arrojando los cereales contra las paredes. «Tunante», dijo entre dientes el señor Dursley

-Que niño mas malcriado- riño la señora Weasley como si estuviera riñendo a uno de sus hijos. Instintivamente los que no la conocian sintieron pena por ellos.

 mientras salía de la casa. Se metió en su coche y se alejó del número 4.
Al llegar a la esquina percibió el primer indicio de que sucedía algo raro:

-Un poco lento tu tio, no Harry?- pregunto como si nada Ron.

-Mas que eso- respondio con fingida inocencia Harry.

un gato estaba mirando un plano de la ciudad. Durante un segundo, el señor Dursley no se dio cuenta de lo que había visto, pero luego volvió la cabeza para mirar otra vez. Sí había un gato atigrado en la esquina de Privet Drive, pero no vio ningún plano. 
Los merodeadores tenían una sonrisa burlona en sus rostros. Ellos ya se imaginaban quien podría haber sido.
¿En qué había estado pensando? Debía de haber sido una ilusión óptica.

-Nop. No la es- respondieron con identicas sonrisas malvadas Sirius y Remus provocando que algunos se estremecieran y otros observaran de manera extraña a su profesor. ¿Por que parecia llevarse tambien con aquel profugo?.

 El señor Dursley parpadeó y contempló al gato. Éste le devolvió la mirada. Mientras el señor Dursley daba la vuelta a la esquina y subía por la calle, observó al gato por el espejo retrovisor: en aquel momento el felino estaba leyendo el rótulo que decía «Privet Drive» (no podía ser, los gatos no saben leer los rótulos ni los planos). El señor Dursley meneó la cabeza y alejó al gato de sus pensamientos. Mientras iba a la ciudad en coche no pensó más que en los pedidos de taladros que esperaba conseguir aquel día. 

-Valla pero que vida mas interesante- dijo claramente aburrido el niño de primer año de Slytherin.
Pero en las afueras ocurrió algo que apartó los taladros de su mente. Mientras esperaba en el habitual embotellamiento matutino, no pudo dejar de advertir una gran cantidad de gente vestida de forma extraña. Individuos con capa. El señor Dursley no soportaba a la gente que llevaba ropa ridícula. 
-¡Hey! Nosotros no llevamos ropa ridícula- nadie se podría creer que el famoso Sirius Black, aquel que era conocido por ser un asesino a sangre fría se estuviera comportando como un niño de 10 años.
¡Ah, los conjuntos que llevaban los jóvenes! Supuso que debía de ser una moda nueva. Tamborileó con los dedos sobre el volante y su mirada se posó en unos extraños que estaban cerca de él. Cuchicheaban entre sí, muy excitados. El señor Dursley se enfureció al darse cuenta de que dos de los desconocidos no eran jóvenes. Vamos, uno era incluso mayor que él, ¡y vestía una capa verde esmeralda! ¡Qué valor! Pero entonces se le ocurrió que debía de ser alguna tontería publicitaria; era evidente que aquella gente hacía una colecta para algo. Sí, tenía que ser eso. El tráfico avanzó y, unos minutos más tarde, el señor Dursley llegó al aparcamiento de Grunnings, pensando nuevamente en los taladros. 
-Que hombre mas aburrido- se quejo Canuto.
Y aunque nadie quería admitirlo, todavía por temor, los alumnos que se encontraban en el gran comedor le dieron la razón.
El señor Dursley siempre se sentaba de espaldas a la ventana, en su oficina del noveno piso. Si no lo hubiera hecho así, aquella mañana le habría costado concentrarse en los taladros. No vio las lechuzas que volaban en pleno día, aunque en la calle sí que las veían y las señalaban con la boca abierta, mientras las aves desfilaban una tras otra. 

-¿Por que les resultaria extraño si eso es de lo mas comun?- pregunto Ron a Hermione.

-Ron, los muggles no estan acostumbrados a ver lechuzas mucho menos tantas.

La mayoría de aquellas personas no había visto una lechuza ni siquiera de noche. 

Hermione le hizo una seña a Ron como demostrando su punto, el le iba a contestar pero se callo al ver la mirada de Harry que claramente decia "No quiero verlos discutir otra vez".

Sin embargo, el señor Dursley tuvo una mañana perfectamente normal, sin lechuzas. Gritó a cinco personas. Hizo llamadas telefónicas importantes y volvió a gritar. Estuvo de muy buen humor

-¿Eso es estar de buen humor?- le pregunto inocentemente una niña de Gryffindor a Neville.

-Al parecer para el si lo es.

 hasta la hora de la comida, cuando decidió estirar las piernas

Harry escuchaba esto con la boca abierta y se preguntaba interiormente si estaban hablando de la misma persona.

 y dirigirse a la panadería que estaba en la acera de enfrente. 

"Claro ahora todo tiene sentido" se dijo a si mismo el azabache.
Había olvidado a la gente con capa hasta que pasó cerca de un grupo que estaba al lado de la panadería. Al pasar los miró enfadado. No sabía por qué, pero le ponían nervioso. Aquel grupo también susurraba con agitación y no llevaba ni una hucha. Cuando regresaba con un donut gigante en una bolsa de papel, alcanzó a oír unas pocas palabras de su conversación. 
—Los Potter, eso es, eso es lo que he oído... 
—Sí, su hijo, Harry... 
Harry se quedo hecho de piedra no creia que fuera esa noche pero al parecer todo indicaba que asi era. Ron y Hermione entendiendo de que hablaban intentaron demostrarle su apoyo a su amigo que en ese momento se veia con ganas de salir corriendo.
El señor Dursley se quedó petrificado. El temor lo invadió. Se volvió hacia los que murmuraban, como si quisiera decirles algo, pero se contuvo. 
Ante esto muchos Gryffindors que se caracterizaban por su gran valentía se sintieron ofendidos por aquel gesto que Vernon había anteriormente hecho.
Se apresuró a cruzar la calle y echó a correr hasta su oficina. Dijo a gritos a su secretaria que no quería que le molestaran, cogió el teléfono y, cuando casi había terminado de marcar los números de su casa, cambió de idea. Dejó el aparato y se atusó los bigotes mientras pensaba... No, se estaba comportando como un estúpido.

-Eso, el primer paso es aceptarlo- dijeron al unisono los gemelos Weasleys con una rara pose de profesionales, ante la pose ridicula de ambos la mayoria rieron.

Potter no era un apellido tan especial. 

-En nuestro mundo si- medio cantaron los gemelos Weasleys.

Estaba seguro de que había muchísimas personas que se llamaban Potter y que tenían un hijo llamado Harry. Y pensándolo mejor, ni siquiera estaba seguro de que su sobrino se llamara Harry. Nunca había visto al niño. Podría llamarse Harvey. O Harold.
-Ja! Primero me quedo calvo antes de dejar que te pusieran nombres tan horribles- todos rieron ante el comentario del supuesto fugitivo. Incluso algunos profesores que estimaban al chico.
No tenía sentido preocupar a la señora Dursley, siempre se trastornaba mucho ante cualquier mención de su hermana. Y no podía reprochárselo. ¡Si él hubiera tenido una hermana así...! 
-Lily Potter era una gran bruja, no se como osa atreverse ese hombre a decir eso- hablo la profesora Mcgonagall, quien tenia un cariño especial por su antigua alumna.
Harry le dirijo una mirada agradecida a su profesora, después de todo el sabia que habían muchas personas que todavía lamentaban su perdida.
Pero de todos modos, aquella gente de la capa... 
Aquella tarde le costó concentrarse en los taladros, y cuando dejó el edificio, a las cinco en punto, estaba todavía tan preocupado que, sin darse cuenta, chocó con un hombre que estaba en la puerta. 
—Perdón —gruñó, mientras el diminuto viejo se tambaleaba y casi caía al suelo.
Por todo el lugar se escucharon pequeñas risitas mal disimuladas. El joven Potter aunque reía al lado de sus amigos estaba un tanto sorprendido de que Vernon Dursley pidiera perdón.
Segundos después, el señor Dursley se dio cuenta de que el hombre llevaba una capa violeta. No parecía disgustado por el empujón. Al contrario, su rostro se iluminó con una amplia sonrisa, mientras decía con una voz tan chillona que llamaba la atención de los que pasaban: 
—¡No se disculpe, mi querido señor, porque hoy nada puede molestarme! ¡Hay que alegrarse, porque Quien-usted-sabe finalmente se ha ido! ¡Hasta los muggles como usted deberían celebrar este feliz día! 

Algunos que todavia no habian comprendido de que hablaban por fin calleron en cuenta de a que se referian.
Y el anciano abrazó al señor Dursley y se alejó. 
El señor Dursley se quedó completamente helado. Lo había abrazado un desconocido. Y por si fuera poco le había llamado muggle, no importaba lo que eso fuera. 

La profesora McGonagall veia esto con desaprobacion. Si los magos seguiaan con esa costumbre de llamar la atencion podrian bien decirle adios al mayor secreto de la poblacion magica.

Estaba desconcertado. Se apresuró a subir a su coche y a dirigirse hacia su casa, deseando que todo fueran imaginaciones suyas (algo que nunca había deseado antes, porque no aprobaba la imaginación). 
-Woau no se porque esto no me sorprende- dijo Hermione.

Cuando entró en el camino del número 4, lo primero que vio (y eso no mejoró su humor) fue el gato atigrado que se había encontrado por la mañana. 
-Bravo Minnie!- gritaron los dos merodeadores a una severa pero un tanto sonrojada profesora.
En aquel momento estaba sentado en la pared de su jardín. Estaba seguro de que era el mismo, pues tenía unas líneas idénticas alrededor de los ojos. 
—¡Fuera! —dijo el señor Dursley en voz alta. 
El gato no se movió. Sólo le dirigió una mirada severa. El señor Dursley se preguntó si aquélla era una conducta normal en un gato. Trató de calmarse y entró en la casa. Todavía seguía decidido a no decirle nada a su esposa. 
-Cobarde- murmuraron algunos. 
Hasta los Slytherin sentían repulsion por el hombre-morsa.
La señora Dursley había tenido un día bueno y normal. Mientras comían, le informó de los problemas de la señora Puerta Contigua con su hija, y le contó que Dudley había aprendido una nueva frase («¡no lo haré!»). El señor Dursley trató de comportarse con normalidad. Una vez que acostaron a Dudley, fue al salón a tiempo para ver el informativo de la noche.  
—Y por último, observadores de pájaros de todas partes han informado de que hoy las lechuzas de la nación han tenido una conducta poco habitual. Pese a que las lechuzas habitualmente cazan durante la noche y es muy difícil verlas a la luz del día, se han producido cientos de avisos sobre el vuelo de estas aves en todas direcciones, desde la salida del sol. Los expertos son incapaces de explicar la causa por la que las lechuzas han cambiado sus horarios de sueño. —El locutor se permitió una mueca irónica—. Muy misterioso. Y ahora, de nuevo con Jim McGuffin y el pronóstico del tiempo. ¿Habrá más lluvias de lechuzas esta noche, Jim? 
—Bueno, Ted —dijo el meteorólogo—, eso no lo sé, pero no sólo las lechuzas han tenido hoy una actitud extraña. Telespectadores de lugares tan apartados como Kent, Yorkshire y Dundee han telefoneado para decirme que en lugar de la lluvia que prometí ayer ¡tuvieron un chaparrón de estrellas fugaces! Tal vez la gente ha comenzado a celebrar antes de tiempo la Noche de las Hogueras. ¡Es la semana que viene, señores! Pero puedo prometerles una noche lluviosa. 
El señor Dursley se quedó congelado en su sillón. ¿Estrellas fugaces por toda Gran Bretaña? ¿Lechuzas volando a la luz del día? Y aquel rumor, aquel cuchicheo sobre los Potter... 
La señora Dursley entró en el comedor con dos tazas de té. Aquello no iba bien. Tenía que decirle algo a su esposa. Se aclaró la garganta con nerviosismo. 
—Eh... Petunia, querida, ¿has sabido últimamente algo sobre tu hermana? 
Como había esperado, la señora Dursley pareció molesta y enfadada. Después de todo, normalmente ellos fingían que ella no tenía hermana. 
Severus Snape se sentía frustrado después de todo cuando empezó ser amigo de Lily tenia aveces que convivir con Petunia, lo cual era irritante.
—No —respondió en tono cortante—. ¿Por qué? 
—Hay cosas muy extrañas en las noticias —masculló el señor Dursley—. Lechuzas... estrellas fugaces... y hoy había en la ciudad una cantidad de gente con aspecto raro... 
—¿Y qué? —interrumpió bruscamente la señora Dursley 
-Ahora ya sabemos quien lleva los pantalones en esa casa- comentaron los gemelos pelirrojos provocando que muchos se riesen, incluyendo algunos profesores.
—Bueno, pensé... quizá... que podría tener algo que ver con... ya sabes... su grupo. 

-¿Su grupo?- pregunto Ron a su mejor amigo.

-Magos- simplemente respondio Harry.
La señora Dursley bebió su té con los labios fruncidos. El señor Dursley se preguntó si se atrevería a decirle que había oído el apellido «Potter». No, no se atrevería. En lugar de eso, dijo, tratando de parecer despreocupado: 
—El hijo de ellos... debe de tener la edad de Dudley, ¿no? 
—Eso creo —respondió la señora Dursley con rigidez. 
—¿Y cómo se llamaba? Howard, ¿no? 
—Harry. Un nombre vulgar y horrible, si quieres mi opinión. 
-En mi opinión "Harry" es un nombre muy bonito a comparación de "Dudley" ese pobre niño tendrá que sufrir de burlas durante un buen tiempo- dijo Ginny un tanto enfadada olvidando que el susodicho estaba sentado al lado de ella con el color de las mejillas teñidas de un leve rosado.
Los mas cercanos al chico lo miraron con una sonrisa burlona. Y a Remus y Sirius ya se les veia asomar una sonrisa que indicaba PROBLEMAS.
—Oh, sí—dijo el señor Dursley, con una espantosa sensación de abatimiento—. Sí, estoy de acuerdo. 
No dijo nada más sobre el tema, y subieron a acostarse. Mientras la señora Dursley estaba en el cuarto de baño, el señor Dursley se acercó lentamente hasta la ventana del dormitorio y escudriñó el jardín delantero. El gato todavía estaba allí. Miraba con atención hacia Privet Drive, como si estuviera esperando algo. 

-O a alguien- dijo de manera enigmatica Hermione, provocando que Ron y Harry rieran y que algunos los vieran raro.
¿Se estaba imaginando cosas? ¿O podría todo aquello tener algo que ver con los Potter? Si fuera así... si se descubría que ellos eran parientes de unos... bueno, creía que no podría soportarlo. 
Los Dursley se fueron a la cama. La señora Dursley se quedó dormida rápidamente, pero el señor Dursley permaneció despierto, con todo aquello dando vueltas por su mente. Su último y consolador pensamiento antes de quedarse dormido fue que, aunque los Potter estuvieran implicados en los sucesos, no había razón para que se acercaran a él y a la señora Dursley. Los Potter sabían muy bien lo que él y Petunia pensaban de ellos y de los de su clase... No veía cómo a él y a Petunia podrían mezclarlos en algo que tuviera que ver (bostezó y se dio la vuelta)... No, no podría afectarlos a ellos... 
¡Qué equivocado estaba! 
El señor Dursley cayó en un sueño intranquilo, pero el gato que estaba sentado en la pared del jardín no mostraba señales de adormecerse. Estaba tan inmóvil como una estatua, con los ojos fijos, sin pestañear, en la esquina de Privet Drive. Apenas tembló cuando se cerró la puertezuela de un coche en la calle de al lado, ni cuando dos lechuzas volaron sobre su cabeza. La verdad es que el gato no se movió hasta la medianoche. 
Un hombre apareció en la esquina que el gato había estado observando, y lo hizo tan súbita y silenciosamente que se podría pensar que había surgido de la tierra. La cola del gato se agitó y sus ojos se entornaron. 
En Privet Drive nunca se había visto un hombre así. Era alto, delgado y muy anciano, a juzgar por su pelo y barba plateados, tan largos que podría sujetarlos con el cinturón. Llevaba una túnica larga, una capa color púrpura que barría el suelo y botas con tacón alto y hebillas. Sus ojos azules eran claros, brillantes y centelleaban detrás de unas gafas de cristales de media luna. Tenía una nariz muy larga y torcida, como si se la hubiera fracturado alguna vez. El nombre de aquel hombre era Albus Dumbledore. 
En cuanto esto fue leído todos. Absolutamente todos miraban al director con interés, tal vez con la esperanza de que el les revelara el porque de su presencia.
Albus Dumbledore no parecía darse cuenta de que había llegado a una calle en donde todo lo suyo, desde su nombre hasta sus botas, era mal recibido. 

El director solo levanto una ceja.

Estaba muy ocupado revolviendo en su capa, buscando algo, pero pareció darse cuenta de que lo observaban porque, de pronto, miró al gato, que todavía lo contemplaba con fijeza desde la otra punta de la calle. Por alguna razón, ver al gato pareció divertirlo. Rió entre dientes y murmuró: 
—Debería haberlo sabido. 
Encontró en su bolsillo interior lo que estaba buscando. Parecía un encendedor de plata. Lo abrió, lo sostuvo alto en el aire y lo encendió. La luz más cercana de la calle se apagó con un leve estallido. Lo encendió otra vez y la siguiente lámpara quedó a oscuras.
-Yo quiero uno- dijo Ron con mirada anhelante hacia el director, este como respuesta le sonrió.
Doce veces hizo funcionar el Apagador, hasta que las únicas luces que quedaron en toda la calle fueron dos alfileres lejanos: los ojos del gato que lo observaba. Si alguien hubiera mirado por la ventana en aquel momento, aunque fuera la señora Dursley con sus ojos como cuentas, pequeños y brillantes, no habría podido ver lo que sucedía en la calle. Dumbledore volvió a guardar el Apagador dentro de su capa y fue hacia el número 4 de la calle, donde se sentó en la pared, cerca del gato. No lo miró, pero después de un momento le dirigió la palabra. 
—Me alegro de verla aquí, profesora McGonagall. 
-Ja! Teníamos razón- gritaron con triunfo los merodeadores y gemelos.
Se volvió para sonreír al gato, pero éste ya no estaba. En su lugar, le dirigía la sonrisa a una mujer de aspecto severo que llevaba gafas de montura cuadrada, que recordaban las líneas que había alrededor de los ojos del gato. La mujer también llevaba una capa, de color esmeralda. Su cabello negro estaba recogido en un moño. Parecía claramente disgustada. 
—¿Cómo ha sabido que era yo? —preguntó. 
—Mi querida profesora, nunca he visto a un gato tan tieso. 
Ante tal comentario se escucharon unas cuantas carcajadas que fueron inmediatamente silenciadas con una severa mirada que congelaba el fuego de parte de la profesora.
—Usted también estaría tieso si llevara todo el día sentado sobre una pared de ladrillo —respondió la profesora McGonagall. 
—¿Todo el día? ¿Cuando podría haber estado de fiesta? Debo de haber pasado por una docena de celebraciones y fiestas en mi camino hasta aquí. 
Esto a Harry no le agrado tanto si bien antes se había reído por el anterior comentario del director ahora estaba furioso. ¡Que todos estaban festejando! Y un cuerno, lo que todos ellos celebraban al fin y al cabo no solo era el fin de Voldemort sino también la muerte de sus padres.
La profesora McGonagall resopló enfadada. 
—Oh, sí, todos estaban de fiesta, de acuerdo —dijo con impaciencia—. Yo creía que serían un poquito más prudentes,
El azabache volvió a sonreirle a McGonagall, al menos ella era sensata.
pero no... ¡Hasta los muggles se han dado cuenta de que algo sucede! Salió en las noticias. —Terció la cabeza en dirección a la ventana del oscuro salón de los Dursley—. Lo he oído. Bandadas de lechuzas, estrellas fugaces... Bueno, no son totalmente estúpidos. Tenían que darse cuenta de algo. Estrellas fugaces cayendo en Kent... Seguro que fue Dedalus Diggle. Nunca tuvo mucho sentido común. 
—No puede reprochárselo —dijo Dumbledore con tono afable—. Hemos tenido tan poco que celebrar durante once años... 
—Ya lo sé —respondió irritada la profesora McGonagall—. Pero ésa no es una razón para perder la cabeza. La gente se ha vuelto completamente descuidada, sale a las calles a plena luz del día, ni siquiera se pone la ropa de los muggles, intercambia rumores... 
Lanzó una mirada cortante y de soslayo hacia Dumbledore, como si esperara que éste le contestara algo. Pero como no lo hizo, continuó hablando. 
—Sería extraordinario que el mismo día en que Quien-usted-sabe parece haber desaparecido al fin, los muggles lo descubran todo sobre nosotros. Porque realmente se ha ido, ¿no, Dumbledore? 
—Es lo que parece —dijo Dumbledore—. Tenemos mucho que agradecer. ¿Le gustaría tomar un caramelo de limón? 
-¿Un que?- preguntaron algunos.
—¿Un qué? 
—Un caramelo de limón. Es una clase de dulces de los muggles que me gusta mucho. 
—No, muchas gracias —respondió con frialdad la profesora McGonagall, como si considerara que aquél no era un momento apropiado para caramelos—. Como le decía, aunque Quien-usted-sabe se haya ido... 
—Mi querida profesora, estoy seguro de que una persona sensata como usted puede llamarlo por su nombre, ¿verdad? Toda esa tontería de Quienusted-sabe... Durante once años intenté persuadir a la gente para que lo llamara por su verdadero nombre, Voldemort. —La profesora McGonagall se echó hacia atrás con temor, pero Dumbledore, ocupado en desenvolver dos caramelos de limón, pareció no darse cuenta—. Todo se volverá muy confuso si seguimos diciendo «Quien-usted-sabe». Nunca he encontrado ningún motivo para temer pronunciar el nombre de Voldemort. 
—Sé que usted no tiene ese problema —observó la profesora McGonagall, entre la exasperación y la admiración—. Pero usted es diferente. Todos saben que usted es el único al que Quien-usted... Oh, bueno, Voldemort, tenía miedo. 
—Me está halagando —dijo con calma Dumbledore—. Voldemort tenía poderes que yo nunca tuve. 
—Sólo porque usted es demasiado... bueno... noble... para utilizarlos. 
—Menos mal que está oscuro. No me he ruborizado tanto desde que la señora Pomfrey me dijo que le gustaban mis nuevas orejeras. 
La mencionada se sonrojo en extremo.
La profesora McGonagall le lanzó una mirada dura, antes de hablar. 
—Las lechuzas no son nada comparadas con los rumores que corren por ahí. ¿Sabe lo que todos dicen sobre la forma en que desapareció? ¿Sobre lo que finalmente lo detuvo? 
Parecía que la profesora McGonagall había llegado al punto que más deseosa estaba por discutir, la verdadera razón por la que había esperado todo el día en una fría pared pues, ni como gato ni como mujer, había mirado nunca a Dumbledore con tal intensidad como lo hacía en aquel momento. Era evidente que, fuera lo que fuera «aquello que todos decían», no lo iba a creer hasta que Dumbledore le dijera que era verdad. Dumbledore, sin embargo, estaba eligiendo otro caramelo y no le respondió. 
—Lo que están diciendo —insistió— es que la pasada noche Voldemort apareció en el valle de Godric. Iba a buscar a los Potter. El rumor es que Lily y James Potter están... están... bueno, que están muertos. 
De repente McGonagall paro de leer su voz se había vuelto mas débil como si reprimiera un sollozo. El silencio inundaba el lugar, la tristeza se sentía en el aire y en una de las mesas correspondiente a los de la casa de Gryffindor el joven Potter sintió los ojos húmedos y resbalando por su mejilla una sola gota dejando rastro la importancia que tenia para el aquellas personas que extrañaba cada día de su vida. Con gran esfuerzo hizo que su voz sonara segura y firme.
-Profesora, por favor continué leyendo- McGonagall asintió y tranquilizándose siguió con la lectura.
Dumbledore inclinó la cabeza. La profesora McGonagall se quedó boquiabierta. 
—Lily y James... no puedo creerlo... No quiero creerlo... Oh, Albus... 
Dumbledore se acercó y le dio una palmada en la espalda. 
—Lo sé... lo sé... —dijo con tristeza. 
La voz de la profesora McGonagall temblaba cuando continuó. 
—Eso no es todo. Dicen que quiso matar al hijo de los Potter, a Harry. Pero no pudo. No pudo matar a ese niño. Nadie sabe por qué, ni cómo, pero dicen que como no pudo matarlo, el poder de Voldemort se rompió... y que ésa es la razón por la que se ha ido. 
Seguía siendo un misterio incluso para los mayores que todavía no entendían como un niño de tan corta edad había logrado semejante proeza.
Sirius por su parte derramaba lagrimas silenciosamente, no quería interrumpir. Pues ese era el día en el que efectivamente lo había perdido todo: Su mejor amigo que lo había tratado y querido como si fuera de verdad su hermano, su mejor amiga una de las mejores personas que el había tenido la dicha de conocer, su amistad con Remus por haber desconfiado de el injustamente, su libertad y al propio Harry que era como un hijo para el todo gracias a una vil rata traidora y sus malditos impulsos. ¿Por que rayos no pensó antes de actuar?se recriminaba cada día el animago por su culpa lo había perdido todo.
Dumbledore asintió con la cabeza, apesadumbrado. 
—¿Es... es verdad? —tartamudeó la profesora McGonagall—. Después de todo lo que hizo... de toda la gente que mató... ¿no pudo matar a un niño? Es asombroso... entre todas las cosas que podrían detenerlo... Pero ¿cómo sobrevivió Harry en nombre del cielo? 
—Sólo podemos hacer conjeturas —dijo Dumbledore—. Tal vez nunca lo sepamos. 
La profesora McGonagall sacó un pañuelo con puntilla y se lo pasó por los ojos, por detrás de las gafas. Dumbledore resopló mientras sacaba un reloj de oro del bolsillo y lo examinaba. Era un reloj muy raro. Tenía doce manecillas y ningún número; pequeños planetas se movían por el perímetro del círculo. Pero para Dumbledore debía de tener sentido, porque lo guardó y dijo: 
—Hagrid se retrasa. Imagino que fue él quien le dijo que yo estaría aquí, ¿no? 
—Sí —dijo la profesora McGonagall—. Y yo me imagino que usted no me va a decir por qué, entre tantos lugares, tenía que venir precisamente aquí. 
—He venido a entregar a Harry a su tía y su tío. Son la única familia que le queda ahora. 
—¿Quiere decir...? ¡No puede referirse a la gente que vive aquí! —gritó la profesora, poniéndose de pie de un salto y señalando al número 4—. Dumbledore... no puede. Los he estado observando todo el día. No podría encontrar a gente más distinta de nosotros. Y ese hijo que tienen... Lo vi dando patadas a su madre mientras subían por la escalera, pidiendo caramelos a gritos. ¡Harry Potter no puede vivir ahí! 
—Es el mejor lugar para él —dijo Dumbledore con firmeza—. Sus tíos podrán explicárselo todo cuando sea mayor. Les escribí una carta. 


—¿Una carta? —repitió la profesora McGonagall, volviendo a sentarse—. Dumbledore, ¿de verdad cree que puede explicarlo todo en una carta? ¡Esa gente jamás comprenderá a Harry! ¡Será famoso... una leyenda... no me sorprendería que el día de hoy fuera conocido en el futuro como el día de Harry Potter! Escribirán libros sobre Harry... todos los niños del mundo conocerán su nombre. 
—Exactamente —dijo Dumbledore, con mirada muy seria por encima de sus gafas—. Sería suficiente para marear a cualquier niño. ¡Famoso antes de saber hablar y andar! ¡Famoso por algo que ni siquiera recuerda! ¿No se da cuenta de que será mucho mejor que crezca lejos de todo, hasta que esté preparado para asimilarlo? 
La profesora McGonagall abrió la boca, cambió de idea, tragó y luego dijo: 
—Sí... sí, tiene razón, por supuesto. Pero ¿cómo va a llegar el niño hasta aquí, Dumbledore? —De pronto observó la capa del profesor, como si pensara que podía tener escondido a Harry. 
—Hagrid lo traerá. 
—¿Le parece... sensato... confiar a Hagrid algo tan importante como eso? 
—A Hagrid, le confiaría mi vida—dijo Dumbledore. 
-Gracias profesor- le agradeció el gigante.
-No hay nada que agradecer Hagrid, solo eh dicho la verdad- contesto con simpleza Dumbledore.
—No estoy diciendo que su corazón no esté donde debe estar —dijo a regañadientes la profesora McGonagall—. Pero no me dirá que no es descuidado. Tiene la costumbre de... ¿Qué ha sido eso? 
Un ruido sordo rompió el silencio que los rodeaba. Se fue haciendo más fuerte mientras ellos miraban a ambos lados de la calle, buscando alguna luz. Aumentó hasta ser un rugido mientras los dos miraban hacia el cielo, y entonces una pesada moto cayó del aire y aterrizó en el camino, frente a ellos. 
Sirius se emociono ¡Era su moto! la que había sido reparada por el mismo, claro añadiéndole unas pequeñas mejoras.
La moto era inmensa, pero si se la comparaba con el hombre que la conducía parecía un juguete. Era dos veces más alto que un hombre normal y al menos cinco veces más ancho. Se podía decir que era demasiado grande para que lo aceptaran y además, tan desaliñado... Cabello negro, largo y revuelto, y una barba que le cubría casi toda la cara. Sus manos tenían el mismo tamaño que las tapas del cubo de la basura y sus pies, calzados con botas de cuero, parecían crías de delfín. 
Hagrid paso a ser tan rojo como el cabello de los Weasley.
En sus enormes brazos musculosos sostenía un bulto envuelto en mantas. 
—Hagrid —dijo aliviado Dumbledore—. Por fin. ¿Y dónde conseguiste esa moto? 
—Me la han prestado; profesor Dumbledore —contestó el gigante, bajando con cuidado del vehículo mientras hablaba—. El joven Sirius Black me la dejó. Lo he traído, señor. 
-¡Si! ¡Es mi moto, es mi moto!- sonrió contento el mencionado. No parecía peligroso es mas comparado con un niño de 10 años el era peor, un poco mas inmaduro. Se podía notar con esa alegría como es que era Sirius Black cuando era joven.
—¿No ha habido problemas por allí? 
—No, señor. La casa estaba casi destruida, pero lo saqué antes de que los muggles comenzaran a aparecer. Se quedó dormido mientras volábamos sobre Bristol. 
"Awww" se escucho por parte de la población femenina quienes veían con ternura a un muy sonrojado azabache.
Dumbledore y la profesora McGonagall se inclinaron sobre las mantas. Entre ellas se veía un niño pequeño, profundamente dormido. 
-Harry en verdad que eras tierno- le dijo Hermione con una sonrisa.
Ron ante este acto frunció el ceño y se mostró ligeramente molesto.
Bajo una mata de pelo negro azabache, 
-Que es totalmente innominable- dijeron los dos merodeadores divertidos, recordaban como varias veces James había perdido muchas veces esa pelea.
En tanto una pelirroja y una asiática pensaban diferente a ellas si que les gustaba el pelo de Harry es mas una de ellas incontables veces había soñado con pasar su mano por el cabello del mencionado, y aunque sonara perturbador por alguna razón deseaba con todas sus fuerzas que solo el la mirara con sus bellos ojos y una gran sonrisa.
sobre la frente, pudieron ver una cicatriz con una forma curiosa, como un relámpago. 
Inconscientemente Harry toco su cicatriz.
—¿Fue allí...? —susurró la profesora McGonagall. 
—Sí —respondió Dumbledore—. Tendrá esa cicatriz para siempre. 
—¿No puede hacer nada, Dumbledore? 
—Aunque pudiera, no lo haría. Las cicatrices pueden ser útiles. Yo tengo una en la rodilla izquierda que es un diagrama perfecto del metro de Londres. 
-Aahh! Demasiada informacion señor- dijeron Remus y Sirius con muecas graciosas con el fin de relajar un poco el ambiente. Ante esto todos rieron incluso el propio Dumbledore.
Bueno, déjalo aquí, Hagrid, es mejor que terminemos con esto. 
Dumbledore se volvió hacia la casa de los Dursley 
—¿Puedo... puedo despedirme de él, señor? —preguntó Hagrid. 
Inclinó la gran cabeza desgreñada sobre Harry y le dio un beso, raspándolo con la barba. 
"Awww" se volvió a escuchar las mujeres veían a Harry como si fuera lo mas tierno que hubieran visto en su vida y los hombres le hacían burlas por el claro sonrojo del azabache y el gigante
Entonces, súbitamente, Hagrid dejó escapar un aullido, como si fuera un perro herido. 
—¡Shhh! —dijo la profesora McGonagall—. ¡Vas a despertar a los muggles! 
—Lo... siento —lloriqueó Hagrid, y se limpió la cara con un gran pañuelo—. Pero no puedo soportarlo... Lily y James muertos... y el pobrecito Harry tendrá que vivir con muggles... 
—Sí, sí, es todo muy triste, pero domínate, Hagrid, o van a descubrirnos — susurró la profesora McGonagall, dando una palmada en un brazo de Hagrid, mientras Dumbledore pasaba sobre la verja del jardín e iba hasta la puerta que había enfrente. Dejó suavemente a Harry en el umbral, sacó la carta de su capa, la escondió entre las mantas del niño y luego volvió con los otros dos. 
-¿Usted cree que es adecuado dejar a un niño pequeño en la puerta de una casa en medio de la noche?- pregunto la señora Weasley claramente enojada, a su alrededor las mujeres asentían ante tal afirmación. El director debía admitir que en un principio parecía una buena idea.
-Seguramente, el profesor Dumbledore dejo algún tipo de protección- le dijo su esposo intentando tranquilizarla. El sabia que Molly quería a Harry como a un hijo.
Durante un largo minuto los tres contemplaron el pequeño bulto. Los hombros de Hagrid se estremecieron. La profesora McGonagall parpadeó furiosamente. La luz titilante que los ojos de Dumbledore irradiaban habitualmente parecía haberlos abandonado. 
—Bueno —dijo finalmente Dumbledore—, ya está. No tenemos nada que hacer aquí. Será mejor que nos vayamos y nos unamos a las celebraciones. 
—Ajá —respondió Hagrid con voz ronca—. Voy a devolver la moto a Sirius. Buenas noches, profesora McGonagall, profesor Dumbledore. 
-Hagrid, jamas me devolviste mi moto- dijo Sirius intentando recordar si en algún momento después de que el gigante se haiga ido se volvieran a ver después.
-No. Porque cuando yo te fui a buscar tu ya no estabas en tu hogar- dijo el con pena. Claro el recordaba ese día en el después de la muerte de los Potter y de haber llorado por su muerte como había llegado a la conclusión que Peter los había traicionado, también recordaba lo que había sucedido después.
La mayoría atentos al pequeño intercambio volvió a posar su atención en la lectura cuando Minerva volvió a leer.
Hagrid se secó las lágrimas con la manga de la chaqueta, se subió a la moto y le dio una patada a la palanca para poner el motor en marcha. Con un estrépito se elevó en el aire y desapareció en la noche. 
—Nos veremos pronto, espero, profesora McGonagall —dijo Dumbledore, saludándola con una inclinación de cabeza. La profesora McGonagall se sonó la nariz por toda respuesta. 
Dumbledore se volvió y se marchó calle abajo. Se detuvo en la esquina y levantó el Apagador de plata. Lo hizo funcionar una vez y todas las luces de la calle se encendieron, de manera que Privet Drive se iluminó con un resplandor anaranjado, y pudo ver a un gato atigrado que se escabullía por una esquina, en el otro extremo de la calle. También pudo ver el bulto de mantas de las escaleras de la casa número 4. 
—Buena suerte, Harry —murmuró. Dio media vuelta y, con un movimiento de su capa, desapareció. 
-Y valla que la necesite- pensó Harry
Una brisa agitó los pulcros setos de Privet Drive. La calle permanecía silenciosa bajo un cielo de color tinta. Aquél era el último lugar donde uno esperaría que ocurrieran cosas asombrosas. Harry Potter se dio la vuelta entre las mantas, sin despertarse. Una mano pequeña se cerró sobre la carta y siguió durmiendo, sin saber que era famoso, sin saber que en unas pocas horas le haría despertar el grito de la señora Dursley, cuando abriera la puerta principal para sacar las botellas de leche. Ni que iba a pasar las próximas semanas pinchado y pellizcado por su primo Dudley.. No podía saber tampoco que, en aquel mismo momento, las personas que se reunían en secreto por todo el país estaban levantando sus copas y diciendo, con voces quedas: «¡Por Harry Potter... el niño que vivió!». 
-Aquí termina el capitulo Albus- dijo la profesora McGonagall. Para después entregarle el libro a el director.
-Muy bien Minerva. ¿Alguien gustaría leer?- pregunto el director.
-Yo profesor- contesto Remus para después levantarse de su asiento y dirigirse hasta donde estaba el director. Cuando por fin tuvo el libro ansioso. Quería saber que era lo que había pasado con Harry durante esos 13 años antes de conocerle.-El capitulo se llama "El vidrio que se desvaneció"- dijo Remus con un toque de curiosidad, el principal toque de un merodeador.

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