Archive for agosto 2015

La fuga de la boa constrictor le acarreó a Harry el castigo más largo de su vida.
-Valla esto si que es perfecto. Bonita manera de comenzar el capitulo- expreso Canuto de forma sarcástica.
Cuando le dieron permiso para salir de su alacena ya habían comenzado las vacaciones de verano
y Dudley había roto su nueva filmadora, conseguido que su avión con control remoto se estrellara y, en la primera salida que hizo con su bicicleta de carreras, había atropellado a la anciana señora Figg cuando cruzaba Privet Drive con sus muletas. 
Harry se alegraba de que el colegio hubiera terminado, pero no había forma de escapar de la banda de Dudley, que visitaba la casa cada día. Piers, Dennis, Malcolm y Gordon eran todos grandes y estúpidos, pero como Dudley era el más grande y el más estúpido de todos, era el jefe. Los demás se sentían muy felices de practicar el deporte favorito de Dudley: cazar a Harry 
Por esa razón, Harry pasaba tanto tiempo como le resultara posible fuera de la casa, dando vueltas por ahí y pensando en el fin de las vacaciones, cuando podría existir un pequeño rayo de esperanza: en septiembre estudiaría secundaria y, por primera vez en su vida, no iría a la misma clase que su primo. Dudley tenía una plaza en el antiguo colegio de tío Vernon, Smelting. Piers Polkiss también iría allí. Harry en cambio, iría a la escuela secundaria Stonewall, de la zona. Dudley encontraba eso muy divertido. 
—Allí, en Stonewall, meten las cabezas de la gente en el inodoro el primer día     —dijo a Harry—. ¿Quieres venir arriba y ensayar? 
—No, gracias —respondió Harry—. Los pobres inodoros nunca han tenido que soportar nada tan horrible como tu cabeza y pueden marearse. —Luego salió corriendo antes de que Dudley pudiera entender lo que le había dicho. 
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Un día del mes de julio, tía Petunia llevó a Dudley a Londres para comprarle su uniforme de Smelting, dejando a Harry en casa de la señora Figg. Aquello no resultó tan terrible como de costumbre. La señora Figg se había fracturado la pierna al tropezar con un gato y ya no parecía tan encariñada con ellos como antes. Dejó que Harry viera la televisión y le dio un pedazo de pastel de chocolate que, por el sabor, parecía que había estado guardado desde hacía años. 
Aquella tarde, Dudley desfiló por el salón, ante la familia, con su uniforme nuevo. Los muchachos de Smelting llevaban frac rojo oscuro, pantalones de color naranja y sombrero de paja, rígido y plano. También llevaban bastones con nudos, que utilizaban para pelearse cuando los profesores no los veían. Debían de pensar que aquél era un buen entrenamiento para la vida futura. 
Mientras miraba a Dudley con sus nuevos pantalones, tío Vernon dijo con voz ronca que aquél era el momento de mayor orgullo de su vida. Tía Petunia estalló en lágrimas y dijo que no podía creer que aquél fuera su pequeño Dudley, tan apuesto y crecido. Harry no se atrevía a hablar. Creyó que se le iban a romper las costillas del esfuerzo que hacía por no reírse. 
A la mañana siguiente, cuando Harry fue a tomar el desayuno, un olor horrible inundaba toda la cocina. Parecía proceder de un gran cubo de metal que estaba en el fregadero. Se acercó a mirar. El cubo estaba lleno de lo que parecían trapos sucios flotando en agua gris. 
—¿Qué es eso? —preguntó a tía Petunia. La mujer frunció los labios, como hacía siempre que Harry se atrevía a preguntar algo. 
—Tu nuevo uniforme del colegio —dijo. 
Harry volvió a mirar en el recipiente. 
—Oh —comentó—. No sabía que tenía que estar mojado. 
—No seas estúpido —dijo con ira tía Petunia—. Estoy tiñendo de gris algunas cosas viejas de Dudley. Cuando termine, quedará igual que los de los demás. 
Harry tenía serias dudas de que fuera así, pero pensó que era mejor no discutir. Se sentó a la mesa y trató de no imaginarse el aspecto que tendría en su primer día de la escuela secundaria Stonewall. Seguramente parecería que llevaba puestos pedazos de piel de un elefante viejo. 
Dudley y tío Vernon entraron, los dos frunciendo la nariz a causa del olor del nuevo uniforme de Harry. Tío Vernon abrió, como siempre, su periódico y Dudley golpeó la mesa con su bastón del colegio, que llevaba a todas partes. 
Todos oyeron el ruido en el buzón y las cartas que caían sobre el felpudo. 
—Trae la correspondencia, Dudley —dijo tío Vernon, detrás de su periódico. 
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—Que vaya Harry 
—Trae las cartas, Harry. 
—Que lo haga Dudley. 
—Pégale con tu bastón, Dudley. 
Harry esquivó el golpe y fue a buscar la correspondencia. Había tres cartas en el felpudo: una postal de Marge, la hermana de tío Vernon, que estaba de vacaciones en la isla de Wight; un sobre color marrón, que parecía una factura, y una carta para Harry. 
Harry la recogió y la miró fijamente, con el corazón vibrando como una gigantesca banda elástica. Nadie, nunca, en toda su vida, le había escrito a él. ¿Quién podía ser? No tenía amigos ni otros parientes. Ni siquiera era socio de la biblioteca, así que nunca había recibido notas que le reclamaran la devolución de libros. Sin embargo, allí estaba, una carta dirigida a él de una manera tan clara que no había equivocación posible.  
Señor H. Potter 
Alacena Debajo de la Escalera 
Privet Drive, 4 
Little Whinging 
Surrey  
El sobre era grueso y pesado, hecho de pergamino amarillento, y la dirección estaba escrita con tinta verde esmeralda. No tenía sello. 
Con las manos temblorosas, Harry le dio la vuelta al sobre y vio un sello de lacre púrpura con un escudo de armas: un león, un águila, un tejón y una serpiente, que rodeaban una gran letra H. 
—¡Date prisa, chico! —exclamó tío Vernon desde la cocina—. ¿Qué estás haciendo, comprobando si hay cartas-bomba? —Se rió de su propio chiste. 
Harry volvió a la cocina, todavía contemplando su carta. Entregó a tío Vernon la postal y la factura, se sentó y lentamente comenzó a abrir el sobre amarillo. 
Tío Vernon rompió el sobre de la factura, resopló disgustado y echó una mirada a la postal. 
—Marge está enferma —informó a tía Petunia—. Al parecer comió algo en mal estado. 
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—¡Papá! —dijo de pronto Dudley—. ¡Papá, Harry ha recibido algo! 
Harry estaba a punto de desdoblar su carta, que estaba escrita en el mismo pergamino que el sobre, cuando tío Vernon se la arrancó de la mano. 
—¡Es mía! —dijo Harry; tratando de recuperarla. 
—¿Quién te va a escribir a ti? —dijo con tono despectivo tío Vernon, abriendo la carta con una mano y echándole una mirada. Su rostro pasó del rojo al verde con la misma velocidad que las luces del semáforo. Y no se detuvo ahí. En segundos adquirió el blanco grisáceo de un plato de avena cocida reseca. 
—¡Pe... Pe... Petunia! —bufó. 
Dudley trató de coger la carta para leerla, pero tío Vernon la mantenía muy alta, fuera de su alcance. Tía Petunia la cogió con curiosidad y leyó la primera línea. Durante un momento pareció que iba a desmayarse. Se apretó la garganta y dejó escapar un gemido. 
—¡Vernon! ¡Oh, Dios mío... Vernon! 
Se miraron como si hubieran olvidado que Harry y Dudley todavía estaban allí. Dudley no estaba acostumbrado a que no le hicieran caso. Golpeó a su padre en la cabeza con el bastón de Smelting. 
—Quiero leer esa carta —dijo a gritos. 
—Yo soy quien quiere leerla —dijo Harry con rabia—. Es mía. 
—Fuera de aquí, los dos —graznó tío Vernon, metiendo la carta en el sobre. 
Harry no se movió. 
—¡QUIERO MI CARTA! —gritó. 
—¡Déjame verla! —exigió Dudley 
—¡FUERA! —gritó tío Vernon y, cogiendo a Harry y a Dudley por el cogote, los arrojó al recibidor y cerró la puerta de la cocina. Harry y Dudley iniciaron una lucha, furiosa pero callada, para ver quién espiaba por el ojo de la cerradura. Ganó Dudley, así que Harry, con las gafas colgando de una oreja, se tiró al suelo para escuchar por la rendija que había entre la puerta y el suelo. 
—Vernon —decía tía Petunia, con voz temblorosa—, mira el sobre. ¿Cómo es posible que sepan dónde duerme él? No estarán vigilando la casa, ¿verdad? 
—Vigilando, espiando... Hasta pueden estar siguiéndonos —murmuró tío Vernon, agitado. 
—Pero ¿qué podemos hacer, Vernon? ¿Les contestamos? Les decimos 
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que no queremos... 
Harry pudo ver los zapatos negros brillantes de tío Vernon yendo y viniendo por la cocina. 
—No —dijo finalmente—. No, no les haremos caso. Si no reciben una respuesta... Sí, eso es lo mejor... No haremos nada... 
—Pero... 
—¡No pienso tener a uno de ellos en la casa, Petunia! ¿No lo juramos cuando recibimos y destruimos aquella peligrosa tontería? 
Aquella noche, cuando regresó del trabajo, tío Vernon hizo algo que no había hecho nunca: visitó a Harry en su alacena. 
—¿Dónde está mi carta? —dijo Harry, en el momento en que tío Vernon pasaba con dificultad por la puerta—. ¿Quién me escribió? 
—Nadie. Estaba dirigida a ti por error —dijo tío Vernon con tono cortante—. La quemé. 
—No era un error —dijo Harry enfadado—. Estaba mi alacena en el sobre. 
—¡SILENCIO! —gritó el tío Vernon, y unas arañas cayeron del techo. Respiró profundamente y luego sonrió, esforzándose tanto por hacerlo que parecía sentir dolor. 
—Ah, sí, Harry, en lo que se refiere a la alacena... Tu tía y yo estuvimos pensando... Realmente ya eres muy mayor para esto... Pensamos que estaría bien que te mudes al segundo dormitorio de Dudley 
—¿Por qué? —dijo Harry 
—¡No hagas preguntas! —exclamó—. Lleva tus cosas arriba ahora mismo. 
La casa de los Dursley tenía cuatro dormitorios: uno para tío Vernon y tía Petunia, otro para las visitas (habitualmente Marge, la hermana de Vernon), en el tercero dormía Dudley y en el último guardaba todos los juguetes y cosas que no cabían en aquél. En un solo viaje Harry trasladó todo lo que le pertenecía, desde la alacena a su nuevo dormitorio. Se sentó en la cama y miró alrededor. Allí casi todo estaba roto. La filmadora estaba sobre un carro de combate que una vez Dudley hizo andar sobre el perro del vecino, y en un rincón estaba el primer televisor de Dudley, al que dio una patada cuando dejaron de emitir su programa favorito. También había una gran jaula que alguna vez tuvo dentro un loro, pero Dudley lo cambió en el colegio por un rifle de aire comprimido, que en aquel momento estaba en un estante con la punta torcida, porque Dudley se había sentado encima. El resto de las estanterías estaban llenas de libros. Era lo único que parecía que nunca había sido tocado. 
Desde abajo llegaba el sonido de los gritos de Dudley a su madre. 
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—No quiero que esté allí... Necesito esa habitación... Échalo... 
Harry suspiró y se estiró en la cama. El día anterior habría dado cualquier cosa por estar en aquella habitación. Pero en aquel momento prefería volver a su alacena con la carta a estar allí sin ella. 
A la mañana siguiente, durante el desayuno, todos estaban muy callados. Dudley se hallaba en estado de conmoción. Había gritado, había pegado a su padre con el bastón de Smelting, se había puesto malo a propósito, le había dado una patada a su madre, arrojado la tortuga por el techo del invernadero, y seguía sin conseguir que le devolvieran su habitación. Harry estaba pensando en el día anterior, y con amargura pensó que ojalá hubiera abierto la carta en el vestíbulo. Tío Vernon y tía Petunia se miraban misteriosamente. 
Cuando llegó el correo, tío Vernon, que parecía hacer esfuerzos por ser amable con Harry, hizo que fuera Dudley. Lo oyeron golpear cosas con su bastón en su camino hasta la puerta. Entonces gritó. 
—¡Hay otra más! Señor H. Potter, El Dormitorio Más Pequeño, Privet Drive, 
4... 
Con un grito ahogado, tío Vernon se levantó de su asiente y corrió hacia el vestíbulo, con Harry siguiéndolo. Allí tuvo que forcejear con su hijo para quitarle la carta, lo que le resultaba difícil porque Harry le tiraba del cuello. Después de un minuto de confusa lucha, en la que todos recibieron golpes del bastón, tío Vernon se enderezó con la carta de Harry arrugada en su mano, jadeando para recuperar la respiración. 
—Vete a tu alacena, quiero decir a tu dormitorio —dijo a Harry sin dejar de jadear—. Y Dudley.. Vete... Vete de aquí. 
Harry paseó en círculos por su nueva habitación. Alguien sabía que se había ido de su alacena y también parecía saber que no había recibido su primera carta. ¿Eso significaría que lo intentarían de nuevo? Pues la próxima vez se aseguraría de que no fallaran. Tenía un plan.   
El reloj despertador arreglado sonó a las seis de la mañana siguiente. Harry lo apagó rápidamente y se vistió en silencio: no debía despertar a los Dursley. Se deslizó por la escalera sin encender ninguna luz. 
Esperaría al cartero en la esquina de Privet Drive y recogería las cartas para el número 4 antes de que su tío pudiera encontrarlas. El corazón le latía aceleradamente mientras atravesaba el recibidor oscuro hacia la puerta. 
—¡AAAUUUGGG! 
Harry saltó en el aire. Había tropezado con algo grande y fofo que estaba en el felpudo... ¡Algo vivo! 
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Las luces se encendieron y, horrorizado, Harry se dio cuenta de que aquella cosa fofa y grande era la cara de su tío. Tío Vernon estaba acostado en la puerta, en un saco de dormir, evidentemente para asegurarse de que Harry no hiciera exactamente lo que intentaba hacer. Gritó a Harry durante media hora y luego le dijo que preparara una taza de té. Harry se marchó arrastrando los pies y, cuando regresó de la cocina, el correo había llegado directamente al regazo de tío Vernon. Harry pudo ver tres cartas escritas en tinta verde. 
—Quiero... —comenzó, pero tío Vernon estaba rompiendo las cartas en pedacitos ante sus ojos. 
Aquel día, tío Vernon no fue a trabajar. Se quedó en casa y tapió el buzón. 
—¿Te das cuenta? —aexplicó a tía Petunia, con la boca llena de clavos—. Si no pueden entregarlas, tendrán que dejar de hacerlo. 
—No estoy segura de que esto resulte, Vernon. 
—Oh, la mente de esa gente funciona de manera extraña, Petunia, ellos no son como tú y yo —dijo tío Vernon, tratando de dar golpes a un clavo con el pedazo de pastel de fruta que tía Petunia le acababa de llevar.   
El viernes, no menos de doce cartas llegaron para Harry. Como no las podían echar en el buzón, las habían pasado por debajo de la puerta, por entre las rendijas, y unas pocas por la ventanita del cuarto de baño de abajo. 
Tío Vernon se quedó en casa otra vez. Después de quemar todas las cartas, salió con el martillo y los clavos para asegurar la puerta de atrás y la de delante, para que nadie pudiera salir. Mientras trabajaba, tarareaba De puntillas entre los tulipanes y se sobresaltaba con cualquier ruido.   
El sábado, las cosas comenzaron a descontrolarse. Veinticuatro cartas para Harry entraron en la casa, escondidas entre dos docenas de huevos, que un muy desconcertado lechero entregó a tía Petunia, a través de la ventana del salón. Mientras tío Vernon llamaba a la oficina de correos y a la lechería, tratando de encontrar a alguien para quejarse, tía Petunia trituraba las cartas en la picadora. 
—¿Se puede saber quién tiene tanto interés en comunicarse contigo? — preguntaba Dudley a Harry, con asombro.   
 28 
La mañana del domingo, tío Vernon estaba sentado ante la mesa del desayuno, con aspecto de cansado y casi enfermo, pero feliz. 
—No hay correo los domingos —les recordó alegremente, mientras ponía mermelada en su periódico—. Hoy no llegarán las malditas cartas... 
Algo llegó zumbando por la chimenea de la cocina mientras él hablaba y le golpeó con fuerza en la nuca. Al momento siguiente, treinta o cuarenta cartas cayeron de la chimenea como balas. Los Dursley se agacharon, pero Harry saltó en el aire, tratando de atrapar una. 
—¡Fuera! ¡FUERA! 
Tío Vernon cogió a Harry por la cintura y lo arrojó al recibidor. Cuando tía Petunia y Dudley salieron corriendo, cubriéndose la cara con las manos, tío Vernon cerró la puerta con fuerza. Podían oír el ruido de las cartas, que seguían cayendo en la habitación, golpeando contra las paredes y el suelo. 
—Ya está —dijo tío Vernon, tratando de hablar con calma, pero arrancándose, al mismo tiempo, parte del bigote—. Quiero que estéis aquí dentro de cinco minutos, listos para irnos. Nos vamos. Coged alguna ropa. ¡Sin discutir! 
Parecía tan peligroso, con la mitad de su bigote arrancado, que nadie se atrevió a contradecirlo. Diez minutos después se habían abierto camino a través de las puertas tapiadas y estaban en el coche, avanzando velozmente hacia la autopista. Dudley lloriqueaba en el asiento trasero, pues su padre le había pegado en la cabeza cuando lo pilló tratando de guardar el televisor, el vídeo y el ordenador en la bolsa. 
Condujeron. Y siguieron avanzando. Ni siquiera tía Petunia se atrevía a preguntarle adónde iban. De vez en cuando, tío Vernon daba la vuelta y conducía un rato en sentido contrario. 
—Quitárnoslos de encima... perderlos de vista... —murmuraba cada vez que lo hacía. 
No se detuvieron en todo el día para comer o beber. Al llegar la noche Dudley aullaba. Nunca había pasado un día tan malo en su vida. Tenía hambre, se había perdido cinco programas de televisión que quería ver y nunca había pasado tanto tiempo sin hacer estallar un monstruo en su juego de ordenador. 
Tío Vernon se detuvo finalmente ante un hotel de aspecto lúgubre, en las afueras de una gran ciudad. Dudley y Harry compartieron una habitación con camas gemelas y sábanas húmedas y gastadas. Dudley roncaba, pero Harry permaneció despierto, sentado en el borde de la ventana, contemplando las luces de los coches que pasaban y deseando saber... 
Al día siguiente, comieron para el desayuno copos de trigo, tostadas y tomates de lata. Estaban a punto de terminar, cuando la dueña del hotel se acercó a la mesa. 
 29 
—Perdonen, ¿alguno de ustedes es el señor H. Potter? Tengo como cien de éstas en el mostrador de entrada. 
Extendió una carta para que pudieran leer la dirección en tinta verde:  
Señor H. Potter 
Habitación 17 
Hotel Railview 
Cokeworth  
Harry fue a coger la carta, pero tío Vernon le pegó en la mano. La mujer los miró asombrada. 
—Yo las recogeré —dijo tío Vernon, poniéndose de pie rápidamente y siguiéndola.   
—¿No sería mejor volver a casa, querido? —sugirió tía Petunia tímidamente, unas horas más tarde, pero tío Vernon no pareció oírla. Qué era lo que buscaba exactamente, nadie lo sabía. Los llevó al centro del bosque, salió, miró alrededor, negó con la cabeza, volvió al coche y otra vez lo puso en marcha. Lo mismo sucedió en medio de un campo arado, en mitad de un puente colgante y en la parte más alta de un aparcamiento de coches. 
—Papá se ha vuelto loco, ¿verdad? —preguntó Dudley a tía Petunia aquella tarde. Tío Vernon había aparcado en la costa, los había encerrado y había desaparecido. 
Comenzó a llover. Gruesas gotas golpeaban el techo del coche. Dudley gimoteaba. 
—Es lunes —dijo a su madre—. Mi programa favorito es esta noche. Quiero ir a algún lugar donde haya un televisor. 
Lunes. Eso hizo que Harry se acordara de algo. Si era lunes (y habitualmente se podía confiar en que Dudley supiera el día de la semana, por los programas de la televisión), entonces, al día siguiente, martes, era el cumpleaños número once de Harry. Claro que sus cumpleaños nunca habían sido exactamente divertidos: el año anterior, por ejemplo, los Dursley le regalaron una percha y un par de calcetines viejos de tío Vernon. Sin embargo, no se cumplían once años todos los días. 
 30 
Tío Vernon regresó sonriente. Llevaba un paquete largo y delgado y no contestó a tía Petunia cuando le preguntó qué había comprado. 
—¡He encontrado el lugar perfecto! —dijo—. ¡Vamos! ¡Todos fuera! 
Hacia mucho frío cuando bajaron del coche. Tío Vernon señalaba lo que parecía una gran roca en el mar. Y, encima de ella, se veía la más miserable choza que uno se pudiera imaginar. Una cosa era segura, allí no había televisión. 
—¡Han anunciado tormenta para esta noche! —anunció alegremente tío Vernon, aplaudiendo—. ¡Y este caballero aceptó gentilmente alquilarnos su bote! 
Un viejo desdentado se acercó a ellos, señalando un viejo bote que se balanceaba en el agua grisácea. 
—Ya he conseguido algo de comida —dijo tío Vernon—. ¡Así que todos a bordo! 
En el bote hacía un frío terrible. El mar congelado los salpicaba, la lluvia les golpeaba la cabeza y un viento gélido les azotaba el rostro. Después de lo que pareció una eternidad, llegaron al peñasco, donde tío Vernon los condujo hasta la desvencijada casa. 
El interior era horrible: había un fuerte olor a algas, el viento se colaba por las rendijas de las paredes de madera y la chimenea estaba vacía y húmeda. Sólo había dos habitaciones. 
La comida de tío Vernon resultó ser cuatro plátanos y un paquete de patatas fritas para cada uno. Trató de encender el fuego con las bolsas vacías, pero sólo salió humo. 
—Ahora podríamos utilizar una de esas cartas, ¿no? —dijo alegremente. 
Estaba de muy buen humor. Era evidente que creía que nadie se iba a atrever a buscarlos allí, con una tormenta a punto de estallar. En privado, Harry estaba de acuerdo, aunque el pensamiento no lo alegraba. 
Al caer la noche, la tormenta prometida estalló sobre ellos. La espuma de las altas olas chocaba contra las paredes de la cabaña y el feroz viento golpeaba contra los vidrios de las ventanas. Tía Petunia encontró unas pocas mantas en la otra habitación y preparó una cama para Dudley en el sofá. Ella y tío Vernon se acostaron en una cama cerca de la puerta, y Harry tuvo que contentarse con un trozo de suelo y taparse con la manta más delgada. 
La tormenta aumentó su ferocidad durante la noche. Harry no podía dormir. Se estremecía y daba vueltas, tratando de ponerse cómodo, con el estómago rugiendo de hambre. Los ronquidos de Dudley quedaron amortiguados por los truenos que estallaron cerca de la medianoche. El reloj luminoso de Dudley, colgando de su gorda muñeca, informó a Harry de que tendría once años en diez minutos. Esperaba acostado a que llegara la hora de su cumpleaños, 
 31 
pensando si los Dursley se acordarían y preguntándose dónde estaría en aquel momento el escritor de cartas. 
Cinco minutos. Harry oyó algo que crujía afuera. Esperó que no fuera a caerse el techo, aunque tal vez hiciera más calor si eso ocurría. Cuatro minutos. Tal vez la casa de Privet Drive estaría tan llena de cartas, cuando regresaran, que podría robar una. 
Tres minutos para la hora. ¿Por qué el mar chocaría con tanta fuerza contra las rocas? Y (faltaban dos minutos) ¿qué era aquel ruido tan raro? ¿Las rocas se estaban desplomando en el mar? 
Un minuto y tendría once años. Treinta segundos... veinte... diez... nueve... tal vez despertara a Dudley, sólo para molestarlo... tres... dos... uno... 
BUM. 
Toda la cabaña se estremeció y Harry se enderezó, mirando fijamente a la puerta. Alguien estaba fuera, llamando.

0.3. "Las cartas de nadie"

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-Yo profesor- contesto Remus para después levantarse de su asiento y dirigirse hasta donde estaba el director. Cuando por fin tuvo el libro ansioso. Quería saber que era lo que había pasado con Harry durante esos 13 años antes de conocerle.-El capitulo se llama "El vidrio que se desvaneció"- dijo Remus con un toque de curiosidad, el principal toque de un merodeador.
Habían pasado aproximadamente diez años desde el día en que los Dursley se despertaron y encontraron a su sobrino en la puerta de entrada, pero Privet Drive no había cambiado en absoluto. El sol se elevaba en los mismos jardincitos, iluminaba el número 4 de latón sobre la puerta de los Dursley y avanzaba en su salón, que era casi exactamente el mismo que aquél donde el señor Dursley había oído las ominosas noticias sobre las lechuzas, una noche de hacía diez años. Sólo las fotos de la repisa de la chimenea eran testimonio del tiempo que había pasado. Diez años antes, había una gran cantidad de retratos de lo que parecía una gran pelota rosada con gorros de diferentes colores,
-¿Por que los muggles tienen fotos de pelotas rosadas con gorros?- pregunto Ginny. Harry ante esto soltó una inmensa carcajada mientras todos lo veían extraño, el al darse cuenta de esto le hizo una seña a Remus para que siguiese leyendo.
pero Dudley Dursley ya no era un niño pequeño,
Risas y mas risas, se escuchaban por el gran comedor incluso los profesores y mas el director.
Cuando todos se hubieron calmado Remus prosiguió con la lectura.
y en aquel momento las fotos mostraban a un chico grande y rubio montando su primera bicicleta, en un tiovivo en la feria, jugando con su padre en el ordenador, besado y abrazado por su madre... La habitación no ofrecía señales de que allí viviera otro niño.
A Sirius prácticamente lo había abandonado su gran sonrisa reemplazandolo con un ceño fruncido.
Sin embargo, Harry Potter estaba todavía allí, durmiendo en aquel momento, aunque no por mucho tiempo. Su tía Petunia se había despertado y su voz chillona era el primer ruido del día.
-¡Arriba! ¡A levantarse! ¡Ahora!
-¡Esa no es manera de despertar a un niño!- Grito colérica la señora Weasley. Nadie la contradijo pues estaban de acuerdo a su opinión.
Harry se despertó con un sobresalto. Su tía llamó otra vez a la puerta.
-¡Arriba! -chilló de nuevo. Harry oyó sus pasos en dirección a la cocina, y después el roce de la sartén contra el fogón. El niño se dio la vuelta y trató de recordar el sueño que había tenido. Había sido bonito. Había una moto que volaba. Tenía la curiosa sensación de que había soñado lo mismo anteriormente.
-¿Tu recordabas mi moto? - le pregunto Canuto con esperanza y alegría en sus ojos.
-Si- respondió su ahijado, una sonrisa que hacia notar su felicidad tenían ellos dos.
Su tía volvió a la puerta.
-¿Ya estás levantado? -quiso saber.
-Casi -respondió Harry
-Bueno, date prisa, quiero que vigiles el beicon. Y no te atrevas a dejar que se queme. Quiero que todo sea perfecto el día del cumpleaños de Duddy.
Harry gimió.
-¿Qué has dicho? -gritó con ira desde el otro lado de la puerta.
-Nada, nada...
El cumpleaños de Dudley... ¿cómo había podido olvidarlo?
-A mi ni siquiera se ni me interesa que día es, así que no te preocupes- comento Ron con burla.
Harry sin embargo apenas si sonrió. No sabia como se tomarían Sirius, Ron y Hermione la desagradable noticia de como había sido su infancia. No quería que las personas sintieran pena por el.
Harry se levantó lentamente y comenzó a buscar sus calcetines. Encontró un par debajo de la cama y, después de sacar una araña de uno, se los puso. Harry estaba acostumbrado a las arañas, porque la alacena que había debajo de las escaleras estaba llena de ellas, y allí era donde dormía.
La reacción fue inmediata un rugido provenía de la mesa de Gryffindor. Sirius Black caminaba hacia Harry para agarrarlo de los hombros y prácticamente pararlo de su asiento.
-Dime que no es cierto- le exigió su padrino, el chico solo bajo la cabeza dando a entender que si, efectivamente todo lo que contaba ese y los otros 6 libros eran verdad. Canuto se sintió destrozado, dolido e inmensamente triste la única respuesta que el dio fue abrazar al hijo de quien fue su mejor amigo- Lo siento tanto, todo esto es mi culpa- se lamentaba el prófugo.
-No digas tonterías. Todo ya ah pasado y no podemos cambiar lo que ya esta hecho, pero si podemos hacer algo por nuestro futuro. Ademas piensa que después de esto tu y yo obtendremos lo que mas deseamos en esta vida una familia- lo había dicho, Harry le había dicho como se sentía. No era algo normal en el decir cosas como esas, pero debía admitir que se sentía mejor como si parte de su carga se hubiera ido.
Se sentaron ambos nuevamente en la mesa de Gryffindor y el licantropo prosiguió con la lectura intentando controlar su ira. ¿Como se atrevían aquellas despreciables personas a hacerle eso a un niño? Esa pregunta recorría en las mentes de muchos, sin embargo el escuchar otra vez la voz de Lupin los saco de sus pensamientos.
Cuando estuvo vestido salió al recibidor y entró en la cocina. La mesa estaba casi cubierta por los regalos de cumpleaños de Dudley. Parecía que éste había conseguido el ordenador nuevo que quería, por no mencionar el segundo televisor y la bicicleta de carreras. La razón exacta por la que Dudley podía querer una bicicleta era un misterio para Harry, ya que Dudley estaba muy gordo y aborrecía el ejercicio, excepto si conllevaba pegar a alguien, por supuesto. El saco de boxeo favorito de Dudley era Harry, pero no podía atraparlo muy a menudo. Aunque no lo parecía, Harry era muy rápido.
"¿Por que jamas nos dijo sobre su vida con sus tíos?" apretando los puños Ron y Hermione llenos de ira se hacían esas preguntas ellos solo sabían unas cuantas cosas pero en lo respectivo a la vida de Harry antes de Hogwarts casi no tenían conocimiento de ello.
Tal vez tenía algo que ver con eso de vivir en una oscura alacena, pero Harry había sido siempre flaco y muy bajo para su edad. Además, parecía más pequeño y enjuto de lo que realmente era, porque toda la ropa que llevaba eran prendas viejas de Dudley, y su primo era cuatro veces más grande que él.
La profesora McGonagall solo fulminaba con la mirada a Dumbledore reprochandole internamente que el había decidido dejar a Harry en esa casa con esa gente horrible.
Harry tenía un rostro delgado, rodillas huesudas, pelo negro y ojos de color verde brillante.
"Unos preciosos ojos" pensaron dos personas una leona que se encontraba al lado del azabache y una águila que admitía le gustaba aquel chico.
-La maldición Potter- dijeron ambos merodeadores con sonrisas burlonas. Completamente sin conocimiento de los pensamientos de esas dos chicas.
-¿Maldición Potter?- pregunto Harry confundido.
-Si veras en la familia Potter existe una especie de maldición que curiosamente se repite en todas las generaciones- le explico su "Tío" Remus (Lunático) Lupin.
-La primera es que todo varón primogenito Potter posee un físico casi igual al padre excepto por los ojos que son igual a los de la madre- indico Canuto.
-La segunda es un pelo indomable y ceguera extrema- dijo Lunático de forma divertida. Provocando algunas risas.
-Y la tercera es que todo Potter tiene a su pelirroja.- dijeron ambos, para después continuar Sirius que veía divertido a un casi rojo Harry- Por ejemplo Lily era pelirroja, mama Dorea (tu abuela) era pelirroja y así sigue la larga linea de las señoras Potter pelirrojas- recito Black aun mas divertido, viendo de soslayo a una pequeña pelirroja que veía con dulzura y esperanza a su ahijado.
Llevaba gafas redondas siempre pegadas con cinta adhesiva, consecuencia de todas las veces que Dudley le había pegado en la nariz. La única cosa que a Harry le gustaba de su apariencia era aquella pequeña cicatriz en la frente, con la forma de un relámpago. La tenía desde que podía acordarse, y lo primero que recordaba haber preguntado a su tía Petunia era cómo se la había hecho.
-En el accidente de coche donde tus padres murieron -había dicho-. Y no hagas preguntas.
«No hagas preguntas»: ésa era la primera regla que se debía observar si se quería vivir una vida tranquila con los Dursley.
-¿Ni siquiera te dijeron la verdad sobre tu pasado?- grito la señora Weasley llena de furia.
-Molly querida, tranquilízate- la intentaba calmar su marido.
-No Arthur. De no ser porque no me quiero manchar las manos de sangre los mataría yo misma lenta y dolorosamente viéndolos suplicar de dolor- todos tragaron saliva con dificultad la madre de los 7 Weasley's daba verdadero pavor.
Tío Vernon entró a la cocina cuando Harry estaba dando la vuelta al tocino.
-¡Péinate! -bramó como saludo matinal.
-Ignorante- bramo por lo bajo Canuto recordando las muchas veces que su amigo había intentado peinar su cabello, y como había fracasado.
Una vez por semana, tío Vernon miraba por encima de su periódico y gritaba que Harry necesitaba un corte de pelo. A Harry le habían cortado más veces el pelo que al resto de los niños de su clase todos juntos, pero no servía para nada, pues su pelo seguía creciendo de aquella manera, por todos lados.
Harry estaba friendo los huevos cuando Dudley llegó a la cocina con su madre.
-Momento. Harry ¿Sabes cocinar?- pregunto Dean Thomas uno de sus compañeros de habitación en la torre Gryffindor.
-Si, un poco- contesto el azabache con simpleza y restandole importancia.

-Un poco?- se escucho una voz proveniente de la nada que resonaba por todo el gren comedor- Ja! Tu comida es digna de los dioses yo en lo personal amo tanto la comida de papa como la de la abuela.

-James! El microfono esta encedido- le riño una segunda voz femenina.

-Ups. Lo siento personas del pasado- y asi como habia aparecido se fue la voz. Todos estaban estupefactos pero nadie estaba tan blanco como Harry. El encambio pudo darse cuenta que el nombre de uno de los chicos del futuro era James, y a menos que su padre volviera de la muerte, ese chico era muy probable que fuera hijo suyo. Aunque tambien podria ser hijo de Remus o incluso de Sirius, no mentira la unica opcion alternativa era Remus. Harry conocia muy bien a su padrino y sabia que el no era hombre de una sola mujer.

-¿Harry te sientes bien?- le pregunto Hermione que habia notado a su amigo totalmente palido.

-Amm si. Si esto Remus, puedes seguir leyendo?
Dudley se parecía mucho a tío Vernon. Tenía una cara grande y rosada, poco cuello, ojos pequeños de un tono azul acuoso, y abundante pelo rubio que cubría su cabeza gorda. Tía Petunia decía a menudo que Dudley parecía un angelito. Harry decía a menudo que Dudley parecía un cerdo con peluca.
Grandes carcajadas por todos lados debían admitir que aunque el ojiverde parecía muy serio era también muy divertido.
Harry puso sobre la mesa los platos con huevos y beicon, lo que era difícil porque había poco espacio. Entretanto, Dudley contaba sus regalos. Su cara se ensombreció.
-Treinta y seis -dijo, mirando a su madre y a su padre-. Dos menos que el año pasado.
-Querido, no has contado el regalo de tía Marge. Mira, está debajo de este grande de mamá y papá.
-Muy bien, treinta y siete entonces -dijo Dudley, poniéndose rojo.
"Hombre, ni siquiera a mi me dan tantos" pensó Draco Malfoy absteniéndose de expresar lo que pensaba.
Harry; que podía ver venir un gran berrinche de Dudley, comenzó a comerse el beicon lo más rápido posible, por si volcaba la mesa.
Tía Petunia también sintió el peligro, porque dijo rápidamente:
-Y vamos a comprarte dos regalos más cuando salgamos hoy. ¿Qué te parece, pichoncito? Dos regalos más. ¿Está todo bien?
Dudley pensó durante un momento. Parecía un trabajo difícil para él. Por último, dijo lentamente.
-Entonces tendré treinta y.. treinta y..
-Treinta y nueve, dulzura -dijo tía Petunia.
-¡Ni siquiera sabe contar!- dijo indignada Hermione.
-¿Hermione cuando has visto a los cerdos contar?- pregunto Harry con burla. Logrando que la castaña riera y le dedicara una resplandeciente sonrisa, una vez mas Ron se mostró inexplicablemente enojado.
-Oh -Dudley se dejó caer pesadamente en su silla y cogió el regalo más cercano-. Entonces está bien.
Tío Vernon rió entre dientes.
-El pequeño tunante quiere que le den lo que vale, igual que su padre. ¡Bravo, Dudley! -dijo, y revolvió el pelo de su hijo.
-Entonces solo conseguiría mier...- Fred no pudo terminar de decir ya que su madre lo interrumpió con un regaño.
-¡Fred Weasley cuida tu lenguaje!- grito la madre de este.
En aquel momento sonó el teléfono y tía Petunia fue a cogerlo, mientras Harry y tío Vernon miraban a Dudley, que estaba desembalando la bicicleta de carreras, la filmadora, el avión con control remoto, dieciséis juegos nuevos para el ordenador y un vídeo. Estaba rompiendo el envoltorio de un reloj de oro, cuando tía Petunia volvió, enfadada y preocupada ala vez.
-Malas noticias, Vernon -dijo-. La señora Figg se ha fracturado una pierna. No puede cuidarlo. -Volvió la cabeza en dirección a Harry.
La boca de Dudley se abrió con horror, pero el corazón de Harry dio un salto. Cada año, el día del cumpleaños de Dudley, sus padres lo llevaban con un amigo a pasar el día a un parque de atracciones, a comer hamburguesas o al cine. Cada año, Harry se quedaba con la señora Figg, una anciana loca que vivía a dos manzanas. Harry no podía soportar ir allí. Toda la casa olía a repollo y la señora Figg le hacía mirar las fotos de todos los gatos que había tenido.
-¿Y ahora qué hacemos? -preguntó tía Petunia, mirando con ira a Harry como si él lo hubiera planeado todo. Harry sabía que debería sentir pena por la pierna de la señora Figg, pero no era fácil cuando recordaba que pasaría un año antes de tener que ver otra vez a Tibbles, Snowy, el Señor Paws o Tufty.
-Podemos llamar a Marge -sugirió tío Vernon.
-No seas tonto, Vernon, ella no aguanta al chico.
-Ni yo a ella- respondió el azabache con una voz fría poco habitual en el. Muchos no entendieron este comentario pero claro Ron y Hermione que lo habían pillado desde el principio ahora sacaban sonrisas que los bromistas sabían identificar como el signo de una travesura.
Los Dursley hablaban a menudo sobre Harry de aquella manera, como si no estuviera allí, o más bien como si pensaran que era tan tonto que no podía entenderlos, algo así como un gusano.
Frustrado. Así se sentía Sirius al no poder haber hecho nada para impedir eso, pero claro no puedes hacer nada cuando estas encerrado en Azkaban.
-¿Y qué me dices de... tu amiga... cómo se llama... Yvonne?
-Está de vacaciones en Mallorca -respondió enfadada tía Petunia.
-Podéis dejarme aquí -sugirió esperanzado Harry. Podría ver lo que quisiera en la televisión, para variar, y tal vez incluso hasta jugaría con el ordenador de Dudley
Tía Petunia lo miró como si se hubiera tragado un limón.
-¿Y volver y encontrar la casa en ruinas? -rezongó.
-¡El no va a quemar la casa!- exclamo con enojo Canuto.
-No voy a quemar la casa -dijo Harry, pero no le escucharon.
Ambos se sonrieron al darse cuenta de las similitudes de sus palabras.
-Supongo que podemos llevarlo al zoológico -dijo en voz baja tía Petunia-... y dejarlo en el coche...
-El coche es nuevo, no se quedará allí solo...
Dudley comenzó a llorar a gritos. En realidad no lloraba, hacía años que no lloraba de verdad, pero sabía que, si retorcía la cara y gritaba, su madre le daría cualquier cosa que quisiera.
-Mi pequeñito Dudley no llores, mamá no dejará que él te estropee tu día especial -exclamó, abrazándolo.
-¡Yo... no... quiero... que... él venga! -exclamó Dudley entre fingidos sollozos-. ¡Siempre lo estropea todo! -Le hizo una mueca burlona a Harry, desde los brazos de su madre.
Justo entonces, sonó el timbre de la puerta.
-¡Oh, Dios, ya están aquí! -dijo tía Petunia en tono desesperado y, un momento más tarde, el mejor amigo de Dudley, Piers Polkiss, entró con su madre. Piers era un chico flacucho con cara de rata.
Gruñidos de parte del trió de oro apenas si se escucharon, y aunque Sirius se contenía en cerio quería descuartizar a Peter antes ellos tenían una gran amistad ahora el solo sentía rencor y odio.
Era el que, habitualmente, sujetaba los brazos de los chicos detrás de la espalda mientras Dudley les pegaba. Dudley suspendió su fingido llanto de inmediato.
Media hora más tarde, Harry, que no podía creer en su suerte, estaba sentado en la parte de atrás del coche de los Dursley, junto con Piers y Dudley, camino del zoológico por primera vez en su vida. A sus tíos no se les había ocurrido una idea mejor, pero antes de salir tío Vernon se llevó aparte a Harry.
-Te lo advierto -dijo, acercando su rostro grande y rojo al de Harry-. Te estoy avisando ahora, chico: cualquier cosa rara, lo que sea, y te quedarás en la alacena hasta la Navidad.
-No voy a hacer nada -dijo Harry-. De verdad...
Pero tío Vernon no le creía. Nadie lo hacía.
-Claro que no es solo un mentiroso- dijo Umbridge como si fuera lo mas obvio del mundo, sin embargo Harry no soportaría que esa mujer lo siguiera llamando de esa forma.
-Dolores recuerda lo que había dicho la carta no juzgar sin antes haber terminado los siete libros.- respondió Dumbledore con tranquilidad evitando que Harry o alguna otra persona hiciese una tontería.
El problema era que, a menudo, ocurrían cosas extrañas cerca de Harry y no conseguía nada con decir a los Dursley que él no las causaba.
En una ocasión, tía Petunia, cansada de que Harry volviera de la peluquería como si no hubiera ido, cogió unas tijeras de la cocina y le cortó el pelo casi al rape, exceptuando el flequillo, que le dejó «para ocultar la horrible cicatriz». Dudley se rió como un tonto, burlándose de Harry, que pasó la noche sin dormir imaginando lo que pasaría en el colegio al día siguiente, donde ya se reían de su ropa holgada y sus gafas remendadas. Sin embargo, a la mañana siguiente, descubrió al levantarse que su pelo estaba exactamente igual que antes de que su tía lo cortara. 
"Magia accidental" pensaron muchos.
Como castigo, lo encerraron en la alacena durante una semana, aunque intentó decirles que no podía explicar cómo le había crecido tan deprisa el pelo.
-Pero si el no lo hizo a propósito, es solo magia accidental- intento entender McGonagall.
Otra vez, tía Petunia había tratado de meterlo dentro de un repugnante jersey viejo de Dudley (marrón, con manchas anaranjadas). Cuanto más intentaba pasárselo por la cabeza, más pequeña se volvía la prenda, hasta que finalmente le habría sentado como un guante a una muñeca, pero no a Harry. Tía Petunia creyó que debía de haberse encogido al lavarlo y, para su gran alivio, Harry no fue castigado.
-Por lo menos- dijo Remus un poco mas tranquilo.
Por otra parte, había tenido un problema terrible cuando lo encontraron en el techo de la cocina del colegio. El grupo de Dudley lo perseguía como de costumbre cuando, tanto para sorpresa de Harry como de los demás, se encontró sentado en la chimenea.
-¿Hiciste una aparición a tan corta edad?- pregunto Remus aun confundió. ¡Eso era imposible!
-Amm no. Yo creo que mas bien vole- contesto Harry un tanto avergonzado. Sin embargo tanto los profesores como el director pensaban que tan grande seria la magia del señor Potter como para poder hacer una aparición a esa edad.
Snape en cambio pensaba en Lily, ahora recordaba como ella habia demostrado, igual, a tan corta edad ser muy poderosa.
Los Dursley recibieron una carta amenazadora de la directora del colegio, diciéndoles que Harry andaba trepando por los techos del colegio. Pero lo único que trataba de hacer (como le gritó a tío Vernon a través de la puerta cerrada de la alacena) fue saltar los grandes cubos que estaban detrás de la puerta de la cocina. Harry suponía que el viento lo había levantado en medio de su salto.
-Oye compañero, sabemos que eres flacucho pero no es para tanto- se burlo Ron.
Pero aquel día nada iba a salir mal. Incluso estaba bien pasar el día con Dudley y Piers si eso significaba no tener que estar en el colegio, en su alacena, o en el salón de la señora Figg, con su olor a repollo.
Mientras conducía, tío Vernon se quejaba a tía Petunia. Le gustaba quejarse de muchas cosas. Harry, el ayuntamiento, Harry, el banco y Harry eran algunos de sus temas favoritos. Aquella mañana le tocó a los motoristas.
-... haciendo ruido como locos esos gamberros -dijo, mientras una moto los adelantaba.
-Tuve un sueño sobre una moto -dijo Harry recordando de pronto-. Estaba volando.
-Huy, mala elección de palabras cachorro- dijo Sirius con pena, mirando a su ahijado.
-Ahora lose - contesto Harry.
Tío Vernon casi chocó con el coche que iba delante del suyo. Se dio la vuelta en el asiento y gritó a Harry:
-¡LAS MOTOS NO VUELAN!
-¡La mía si!- grito con alegría Canuto.
Su rostro era como una gigantesca remolacha con bigotes.
Dudley y Piers se rieron disimuladamente.
-Ya sé que no lo hacen -dijo Harry-. Fue sólo un sueño.
-No. No fue un sueño- dijo Sirius mirando al libro como si quisiera hacerlo entender.
-Sirius Black te das cuenta que le estas hablando al libro- le dijo Remus con burla.
Pero deseó no haber dicho nada. Si había algo que desagradaba a los Dursley aún más que las preguntas que Harry hacía, era que hablara de cualquier cosa que se comportara de forma indebida, no importa que fuera un sueño o un dibujo animado. Parecían pensar que podía llegar a tener ideas peligrosas.
Era un sábado muy soleado y el zoológico estaba repleto de familias. Los Dursley compraron a Dudley y a Piers unos grandes helados de chocolate en la entrada, y luego, como la sonriente señora del puesto preguntó a Harry qué quería antes de que pudieran alejarse, le compraron un polo de limón, que era más barato. Aquello tampoco estaba mal, pensó Harry, chupándolo mientras observaban a un gorila que se rascaba la cabeza y se parecía notablemente a Dudley, salvo que no era rubio.
Carcajadas por parte de algunos y Sirius Black revolcándose en el suelo debido a la risa.
Cuando por fin lograron controlarse un poco se siguió con la lectura.
Fue la mejor mañana que Harry había pasado en mucho tiempo. Tuvo cuidado de andar un poco alejado de los Dursley, para que Dudley y Piers, que comenzaban a aburrirse de los animales cuando se acercaba la hora de comer, no empezaran a practicar su deporte favorito, que era pegarle a él. Comieron en el restaurante del zoológico, y cuando Dudley tuvo una rabieta porque su bocadillo no era lo suficientemente grande, tío Vernon le compró otro y Harry tuvo permiso para terminar el primero.
Más tarde, Harry pensó que debía haber sabido que aquello era demasiado bueno para durar.
-Tu siempre tan positivo- comento Ron con sorna.
Después de comer fueron a ver los reptiles. Estaba oscuro y hacía frío, y había vidrieras iluminadas a lo largo de las paredes. Detrás de los vidrios, toda clase de serpientes y lagartos se arrastraban y se deslizaban por las piedras y los troncos. Dudley y Piers querían ver las gigantescas cobras venenosas y las gruesas pitones que estrujaban a los hombres. Dudley encontró rápidamente la serpiente más grande. Podía haber envuelto el coche de tío Vernon y haberlo aplastado como si fuera una lata, pero en aquel momento no parecía tener ganas. En realidad, estaba profundamente dormida.
Dudley permaneció con la nariz apretada contra el vidrio, contemplando el brillo de su piel.
-Haz que se mueva -le exigió a su padre.
Tío Vernon golpeó el vidrio, pero la serpiente no se movió.
-Hazlo de nuevo -ordenó Dudley.
-Ahora golpeate- dijeron al unisono los dos merodeadores, para después sonreírse. Como extrañaban ambos aquellos días de bromas en sus tiempos como estudiantes del colegio Hogwarts.
Tío Vernon golpeó con los nudillos, pero el animal siguió dormitando.
-Esto es aburrido -se quejó Dudley. Se alejó arrastrando los pies.
Harry se movió frente al vidrio y miró intensamente a la serpiente. Si él hubiera estado allí dentro, sin duda se habría muerto de aburrimiento, sin ninguna compañía, salvo la de gente estúpida golpeando el vidrio y molestando todo el día. Era peor que tener por dormitorio una alacena donde la única visitante era tía Petunia, llamando a la puerta para despertarlo: al menos, él podía recorrer el resto de la casa.
De pronto, la serpiente abrió sus ojillos, pequeños y brillantes como cuentas. Lenta, muy lentamente, levantó la cabeza hasta que sus ojos estuvieron al nivel de los de Harry.
Guiñó un ojo.
-Ahhh! - un grito se escucho en el gran comedor, provenía de el padrino de el niño que vivió- cachorro cuando te dije que fueras mas coqueto. Me refería a las chicas-
-¡Cállate Sirius!- grito un rojo Harry, que no sabia que era peor: Que todos se enteraran de sus pensamientos o que su propio padrino revelara algo tan vergonzoso.
Harry la miró fijamente. Luego echó rápidamente un vistazo a su alrededor, para ver si alguien lo observaba. Nadie le prestaba atención. Miró de nuevo a la serpiente y también le guiñó un ojo.
-Ay de mi- se lamento Canuto- mini cornamenta despues de leer estos libros te presentare a las hijas de unas cuantas amigas-
-Canuto, te recuerdo que eres un prófugo de la justicia- le indico Lunático- Además, no creo que todas ellas quieran ver tu cara a menos que sea 10 metros bajo tierra- se burlo el merodeador.
Sirius como respuesta lo fulmino con la mirada.
La serpiente torció la cabeza hacia tío Vernon y Dudley, y luego levantó los ojos hacia el techo. Dirigió a Harry una mirada que decía claramente:
-Me pasa esto constantemente.
-Lo sé -murmuró Harry a través del vidrio, aunque no estaba seguro de que la serpiente pudiera oírlo-. Debe de ser realmente molesto.
La serpiente asintió vigorosamente.
-¿La serpiente te esta entendiendo?- pregunto boquiabierto el licántropo.
-Bueno... si- respondió Harry un poco apenado-. Mejor sigamos con la lectura-Pese a que les tenia confianza usualmente prefería evitar unos cuantos temas. Su habilidad para hablar Parsel era una de ellas.
-A propósito, ¿de dónde vienes? -preguntó Harry
La serpiente levantó la cola hacia el pequeño cartel que había cerca del vidrio. Harry miró con curiosidad.
«Boa Constrictor, Brasil.»
-¿Era bonito aquello?
La boa constrictor volvió a señalar con la cola y Harry leyó: «Este espécimen fue criado en el zoológico».
-Oh, ya veo. ¿Entonces nunca has estado en Brasil?
Mientras la serpiente negaba con la cabeza, un grito ensordecedor detrás de Harry los hizo saltar.
-¡DUDLEY! ¡SEÑOR DURSLEY! ¡VENGAN A VER A LA SERPIENTE! ¡NO VAN A CREER LO QUE ESTÁ HACIENDO!
-¡Oh por Merlín! Por que heredaste la mala suerte de tu padre!- ambos merodeadores no se sorprendieron al hablar, en cambio otras personas que todavía no se acostumbraban a la personalidad del supuesto fugitivo les parecía irreal la manera en que el respetado (en Hogwarts) Remus Lupin haiga sido y sea uno de los mejores amigos de Sirius Black, quien era conocido por haber matado a varios muggles con un solo hechizo.
Dudley se acercó contoneándose, lo más rápido que pudo.
-Quita de en medio -dijo, golpeando a Harry en las costillas. Cogido por sorpresa, Harry cayó al suelo de cemento.
Se escucharon varios gruñidos por parte del gran comedor.
Lo que sucedió a continuación fue tan rápido que nadie supo cómo había pasado: Piers y Dudley estaban inclinados cerca del vidrio, y al instante siguiente saltaron hacia atrás aullando de terror.
Incluso la profesora Minerva estaba sorprendida por aquello. Era sorprendente lo que había hecho el hijo de James y Lily Potter a tan corta edad.
Harry se incorporó y se quedó boquiabierto: el vidrio que cerraba el cubículo de la boa constrictor había desaparecido. La descomunal serpiente se había desenrollado rápidamente y en aquel momento se arrastraba por el suelo. Las personas que estaban en la casa de los reptiles gritaban y corrían hacia las salidas.
Mientras la serpiente se deslizaba ante él, Harry habría podido jurar que una voz baja y sibilante decía:
-Brasil, allá voy... Gracias, amigo.
El encargado de los reptiles se encontraba totalmente conmocionado.
-Pero... ¿y el vidrio? -repetía-. ¿Adónde ha ido el vidrio?
-Pobre hombre de seguro- bromeo Fred.
-Ya lo creo . Mira! hasta entro en estado de shock- contesto George.
El director del zoológico en persona preparó una taza de té fuerte y dulce para tía Petunia, mientras se disculpaba una y otra vez. Piers y Dudley no dejaban de quejarse. Por lo que Harry había visto, la serpiente no había hecho más que darles un golpe juguetón en los pies, pero cuando volvieron al asiento trasero del coche de tío Vernon, Dudley les contó que casi lo había mordido en la pierna,
-Ojala- suspiro dramáticamente Fred, en un tono de voz baja. Solo para que su madre no lo escuchara..
mientras Piers juraba que había intentado estrangularlo. Pero lo peor, para Harry al menos, fue cuando Piers se calmó y pudo decir:
-Harry le estaba hablando. ¿Verdad, Harry?
-Estúpido niño. ¿Es que no se podía quedar callado?- pregunto a nadie en particular el animago Black.
Tío Vernon esperó hasta que Piers se hubo marchado, antes de enfrentarse con Harry. Estaba tan enfadado que casi no podía hablar.
-Ve... alacena... quédate... no hay comida
"Malditos Dursley ellos no deberían de haber hecho eso. Maltratar a un niño, matándolo de hambre" pensó amargamente Molly Weasley.
-pudo decir, antes de desplomarse en una silla. Tía Petunia tuvo que servirle una copa de brandy.
Mucho más tarde, Harry estaba acostado en su alacena oscura, deseando tener un reloj. No sabía qué hora era y no podía estar seguro de que los Dursley estuvieran dormidos. Hasta que lo estuvieran, no podía arriesgarse a ir a la cocina a buscar algo de comer.
Había vivido con los Dursley casi diez años, diez años desgraciados, hasta donde podía acordarse, desde que era un niño pequeño y sus padres habían muerto en un accidente de coche.
Nadie entendía como los pensamientos de un niño podían tener tanto efecto en la gente. Por ejemplo cuando estaban alegres y después enojado para posteriormente estar tristes.
No podía recordar haber estado en el coche cuando sus padres murieron. Algunas veces, cuando forzaba su memoria durante las largas horas en su alacena, tenía una extraña visión, un relámpago cegador de luz verde y un dolor como el de una quemadura en su frente.
Los adultos se estremescieron el solo nombramiento de la maldicion asesina hacia que el miedo naciera en ellos.
Aquello debía de ser el choque, suponía, aunque no podía imaginar de dónde procedía la luz verde.
Ahora me doy cuenta de lo inocente que pude llegar a ser, se dijo a si mismo Harry.
Y no podía recordar nada de sus padres. Sus tíos nunca hablaban de ellos y, por supuesto, tenía prohibido hacer preguntas. Tampoco había fotos de ellos en la casa.
Mas y mas tristeza nadie parecía querer decir algo, ni siquiera los gemelos para romper la tensión que había en el Gran comedor.
Cuando era más pequeño, Harry soñaba una y otra vez que algún pariente desconocido iba a buscarlo para llevárselo, pero eso nunca sucedió:
Remus se lamentaba una y otra vez, se estaba auto-despreciando por haber sido un completo imbecil que se había alejado del mundo mágico con la excusa de que estaba deprimido por la perdida de sus mejores amigos.
los Dursley eran su única familia. Pero a veces pensaba (tal vez era más bien que lo deseaba) que había personas desconocidas que se comportaban como si lo conocieran. Eran desconocidos muy extraños. Un hombrecito con un sombrero violeta lo había saludado, cuando estaba de compras con tía Petunia y Dudley. Después de preguntarle con ira si conocía al hombre, tía Petunia se los había llevado de la tienda, sin comprar nada. Una mujer anciana con aspecto estrafalario, toda vestida de verde, también lo había saludado alegremente en un autobús. Un hombre calvo, con un abrigo largo, color púrpura, le había estrechado la mano en la calle y se había alejado sin decir una palabra. Lo más raro de toda aquella gente era la forma en que parecían desaparecer en el momento en que Harry trataba de acercarse.
Algunos se preguntaban la razón por la cual algunos magos reaccionasen de esa forma.
En el colegio, Harry no tenía amigos. Todos sabían que el grupo de Dudley odiaba a aquel extraño Harry Potter, con su ropa vieja y holgada y sus gafas rotas, y a nadie le gustaba estar en contra de la banda de Dudley.
Algunos gruñidos se escucharon, otros miraban con simpatía al azabache.
El en cambio prefería no ser la causa de esas miradas.
-Ah terminado el capitulo- anuncio Remus con un sabor amargo de boca-¿Quien quiere leer ahora?- pregunto el licantropo.
-Yo lo haré Remus- contesto Hagrid- Las cartas de nadie-

0.2. "El vidrio que se desvanecio"

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